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Tiene 77 años y hace medio siglo que eligió este lugar para quedarse. Entre corrales, chivas, gallinas y recuerdos, su historia se entrelaza con la del Impenetrable chaqueño. Habla pausado, con esa mezcla de firmeza y ternura que solo da el tiempo vivido. “Yo soy feliz acá en el campo”, dice, y la frase no suena a costumbre sino a convicción.

 

Una vida arraigada

Balvina llegó a Las Moras acompañando a su marido, descendiente de inmigrantes que se asentaron en la zona escapando de la guerra en Europa. Desde entonces, su vida se construyó entre la crianza de animales, el trabajo rural y la familia.

 

Criaron hijos, sembraron algodón, levantaron corrales y también atravesaron pérdidas. La historia del paraje está hecha de esfuerzo silencioso: caminos que antes eran solo huellas de carros, escuelas rurales levantadas a pulmón, vecinos que se ayudaban sin preguntar demasiado.

 

Balvina trabajó como cocinera en la escuela del paraje durante años. Recuerda cuando el edificio era nuevo y los chicos llenaban el salón. Hoy, la estructura resiste el paso del tiempo, con ventanas rotas y señales de abandono. Sin embargo, para ella sigue siendo símbolo de comunidad.

 

El monte y sus desafíos

La vida en el campo no romantiza nada. Balvina sabe de accidentes, de postes eléctricos mal instalados que provocaron la muerte de animales, de transformadores robados y de noches de susto. Sabe también de sequías, de partos en el monte y de chivas que hay que encerrar antes de que caiga el sol.

 

En su corral hay cerca de cien madres y decenas de cabritos. La producción es parte del sustento familiar, pero también es tradición. “Es la carne garantizada”, dice con una sonrisa leve. Cada animal tiene historia, cada pérdida deja huella.

 

A su lado, vecinos y familiares colaboran. El trabajo nunca se hace solo en el monte. Siempre hay un compadre que da una mano, un hijo que vuelve desde el pueblo, un nieto que aprende mirando.

 

Permanecer

En tiempos donde muchos parajes se vacían y las nuevas generaciones migran, Balvina sigue eligiendo quedarse. Va y viene del pueblo, pero el corazón está en el campo. Allí donde el amanecer trae olor a tierra húmeda y el atardecer obliga a contar los animales antes de cerrar el corral.

 

Habla de la muerte con naturalidad, pero también de continuidad. Sus hijos tienen animales, sus nietos aprenden las tareas rurales. “Cuando yo muera no van a abandonar esto”, afirma con certeza tranquila.

 

Balvina no es solo una mujer del campo. Es memoria viva de una forma de vida que resiste. En Las Moras, entre monte, polvo y horizonte abierto, su historia recuerda que el arraigo no se declama: se trabaja todos los días.

 

Hoy en Canal 9 desde las 13hs "El Impenetrable TV " con la conducción de Romildo Lavia Rachz,  los esperamos.

Autor:

Fuente: cadena los Ángeles