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Hay historias que parecen imposibles de contar sin que la emoción quiebre la voz. Historias donde la vida y la muerte se cruzan en un instante y cambian para siempre el destino de varias familias. La de Waldemar es una de ellas.

 

Hoy vive en el campo, en la zona de Urien, rodeado de animales, trabajo rural y la tranquilidad de la vida chaqueña. Anda a caballo, maneja el tractor, cría vacas y comparte sus días junto a sus hijos y su compañera. Pero detrás de esa aparente normalidad existe una historia atravesada por el dolor, la espera y un milagro médico que le permitió seguir viviendo.

 

Todo comenzó en el año 2007. Waldemar tenía apenas 17 años cuando empezó a sentirse mal.

 

“Tenía fatiga, me faltaba el aire. Fui al médico y después terminé en el Hospital Perrando, donde me diagnosticaron una miocardiopatía. Tenía el corazón muy agrandado”, recordó.

 

El diagnóstico fue devastador. Su corazón ya no podía bombear sangre por sí solo. La única posibilidad de sobrevivir era un trasplante cardíaco.

 

El viaje que le cambió la vida

 

Con la urgencia avanzando sobre su salud, fue derivado al Hospital Argerich de Buenos Aires. Pero incluso ese traslado estuvo cargado de silencios y temores.

 

“A mí me llevaron medio engañado. Me dijeron que iba a hacerme unos estudios y volvía al Hospital Perrando. Pero mi familia ya sabía que necesitaba un trasplante”, contó.

 

Cuando ingresó al hospital porteño, los médicos fueron directos:

 

“Vos de acá no te vas hasta que no te trasplantemos”.

 

El impacto emocional fue enorme. Psicólogos, médicos y enfermeros comenzaron a acompañarlo mientras su cuadro empeoraba día a día.

 

Poco después sufrió una grave descompensación y permaneció 15 días en coma.

 

“Yo pensé que me había dormido una mañana y cuando desperté habían pasado quince días”.

 

Durante ese tiempo debieron colocarle un balón de contrapulsación y luego dos bombas centrífugas para mantenerlo con vida.

 

“Mi corazón ya no podía latir solo”.

 

La madrugada en que apareció el donante

 

El momento que cambiaría todo ocurrió durante la madrugada del 24 de mayo de 2007.

 

Waldemar estaba internado, conectado a máquinas y esperando un corazón que quizá nunca llegaría.

 

“Un doctor me dijo: ‘Seguí durmiendo hermano, te veo a las cinco’. Pero enseguida sonó el teléfono y volvió corriendo”.

 

Minutos después le extrajeron sangre de urgencia. Algo estaba ocurriendo.

 

“Ahí el médico me dijo: ‘Hay un equipo que está yendo hacia la provincia del Chaco a controlar un corazón. Si está en buenas condiciones, te lo traen. ¿Querés que te lo traiga?’”.

 

La respuesta salió desde el alma.

 

“Le dije: ‘Sí, es lo que más quiero’”.

 

El operativo comenzó inmediatamente. El corazón estaba en el Hospital Perrando de Resistencia y debía llegar cuanto antes a Buenos Aires.

 

“A las cinco y media o seis de la mañana me confirmaron que sí, que el corazón venía para mí”.

 

Ya en el quirófano, escuchó otra llamada:

 

“Estamos saliendo del aeropuerto de Resistencia, comiencen nomás”.

 

A las 8:45 de la mañana lo anestesiaron.

 

“Cuando te despiertes ya vas a estar con tu corazón nuevo”, le dijo el anestesista.

 

El trasplante se realizó el 24 de mayo de 2007 en el Hospital Argerich de Buenos Aires.

 

“La opresión en el pecho había desaparecido”

 

La cirugía fue exitosa.

 

Waldemar despertó cerca de las dos de la tarde y enseguida sintió que algo había cambiado.

 

“Las mangueras que tenía saliendo del estómago ya no estaban. La opresión en el pecho había desaparecido”.

 

El cirujano se acercó y le confirmó:

 

“Ya está. Lo que tanto esperamos ya pasó”.

 

Su primera desesperación fue avisarles a sus padres que estaba vivo.

 

“Yo quería ver a mi mamá y a mi papá. Cuando entraron les levanté el dedo para decirles que estaba bien”.

 

Tres días después ya estaba caminando nuevamente.

 

“Tenía que recuperar masa muscular, aprender otra vez a moverme, pero lo logré”.

 

Trece años buscando a la familia del donante

 

Durante mucho tiempo Waldemar convivió con una pregunta inevitable: ¿quién era la persona que le había salvado la vida?

 

Gracias a las redes sociales y a un periodista de la localidad santafesina de Florencia, logró encontrar a la familia trece años después del trasplante.

 

El joven fallecido se llamaba Néstor y su familia lo llamaba cariñosamente “Mi Negro”. Había muerto tras un accidente en moto en la localidad de Florencia, provincia de Santa Fe.

 

“Llevaba casco, pero tuvo un golpe muy fuerte en la cabeza y sufrió muerte cerebral”.

 

El encuentro con la familia fue uno de los momentos más conmovedores de su vida.

 

“Cuando llegué, el papá salió y dijo: ‘A ver quién es el que tiene el corazón de Mi Negro. Quiero escuchar el corazón de mi hijo’”.

 

Waldemar abrió lentamente su camisa.

 

“Puso la mano en mi pecho, sintió el latido y me abrazó fuerte. Me dijo: ‘Es el corazón de Mi Negro’”.

 

Desde entonces, las familias quedaron unidas para siempre.

 

“El hermano de quien me donó hoy es el padrino de mi hija menor”.

 

Una nueva vida en el campo

 

A casi dos décadas del trasplante, Waldemar lleva una vida prácticamente normal. Vive en el campo, trabaja con animales y continúa realizando controles médicos periódicos.

 

“Subo al tractor, ando a caballo, trabajo con vacas. Tengo mis cuidados, pero hago una vida normal”.

 

También formó su propia familia y fue padre de dos hijos.

 

“La donación me devolvió la vida”.

 

“Sin donación no hay trasplante”

 

Con la serenidad de quien atravesó el límite entre la vida y la muerte, Waldemar hoy dedica parte de su tiempo a generar conciencia sobre la importancia de donar órganos.

 

“Sin donación no hay trasplante. Gracias a la donación muchas personas pueden seguir viviendo”.

 

También quiso derribar mitos y falsas creencias sobre el sistema de donación de órganos en Argentina.

 

“No existe el tráfico de órganos. Eso es mentira. Todo está controlado y registrado”.

 

Además destacó el trabajo del CUCAI y de los equipos médicos que acompañan a pacientes trasplantados durante toda su vida.

 

“Siempre están al pie del cañón”.

 

La historia de Waldemar demuestra que incluso en medio del dolor más profundo puede nacer esperanza. Porque mientras una familia despedía a un hijo, otra recuperaba la posibilidad de seguir viviendo.

 

Y en algún lugar de la Argentina, el corazón de “Mi Negro” todavía sigue latiendo.

 

Cadena Los Ángeles 99.3 MHz Castelli acompaña las campañas de concientización sobre la donación de órganos en Argentina.

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Fuente: cadena los Ángeles