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La muerte de Lucía Ermiaga, embestida por un joven conductor vinculado anteriormente a otro hecho fatal, no puede ser tomada como un episodio aislado. Detrás de cada siniestro vial hay familias destruidas, proyectos truncos y una cadena de responsabilidades que muchas veces termina diluyéndose entre la falta de controles y la ausencia del Estado en las calles y rutas.

 

La licenciada María Cristina Isoba, presidenta de la Luchemos por la Vida, advirtió que Argentina posee leyes claras y modernas en materia de seguridad vial, pero que en la práctica muchas veces no se cumplen. Las picadas están prohibidas, existen sanciones severas, el alcohol cero rige en distintas jurisdicciones y el uso del casco y cinturón es obligatorio. Sin embargo, la realidad demuestra otra cosa: controles escasos, antecedentes que no se comparten entre municipios y conductores peligrosos que vuelven a manejar como si nada hubiera ocurrido.

 

El mensaje también interpela a los padres. Educar en responsabilidad vial es tan importante como enseñar valores. No se trata solamente de entregar las llaves de un vehículo, sino de transmitir conciencia sobre el peligro de la velocidad, el alcohol, las distracciones y las conductas temerarias al volante. Una picada no es un juego. Un auto en manos irresponsables puede convertirse en un arma mortal.

 

A los jóvenes conductores, el llamado es a reflexionar. La velocidad extrema no demuestra valentía ni habilidad. El verdadero valor está en cuidar la vida propia y la de los demás. Cada decisión al volante puede marcar para siempre el destino de muchas familias.

 

Y a las autoridades, el reclamo es urgente: las leyes deben hacerse cumplir. No alcanza con redactar normas si luego no existen controles permanentes, sistemas integrados de antecedentes ni políticas públicas sostenidas de prevención y educación vial. Cada ausencia del Estado en materia de seguridad vial termina costando vidas.

 

Las estadísticas son alarmantes. Según datos oficiales, las muertes en el tránsito aumentaron en Argentina durante 2025, dejando un promedio de 17 víctimas fatales por día. Detrás de cada número hay nombres, historias y familias que jamás volverán a ser las mismas.

 

Lucía y Mateo hoy representan una realidad dolorosa que exige conciencia colectiva y acción inmediata. Porque cuando las leyes quedan sólo en el papel, las consecuencias se escriben con tragedias evitables.

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