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PSICOLOGÍA-ACOMPAÑAR A UN ADOLESCENTE HOY: PRESENCIA, LÍMITES Y HUMANIDAD EN TIEMPOS ACELERADOS
Por Lic. Rocío Linke, Psicóloga (M.P. 961)
Acompañar a un adolescente nunca fue sencillo, pero en la actualidad la complejidad se multiplica. No lo digo desde la queja ni desde la nostalgia de un pasado idealizado, sino desde la experiencia concreta del consultorio, de las escuelas y de las familias que todos los días intentan sostener este tránsito vital lleno de cambios. Me interesa hablar de acompañamiento porque la palabra obliga a imaginar una presencia, un sostén, un adulto que no dirige desde arriba ni controla desde afuera, sino que se queda cerca, disponible, atento.
Los adolescentes buscan identidad, nuevas marcas que los definan y señales que les permitan diferenciarse. En ese movimiento también aparece un duelo para ellos y para sus padres: queda atrás la niñez, con todos los símbolos de protección que representaba, y surge una etapa intermedia donde la autonomía todavía es semiautonomía. Muchas veces el conflicto nace allí: los adultos quieren cuidar pero temen invadir; los adolescentes reclaman libertad pero necesitan sostén. No se trata de controlar cada paso, sino de estar presentes de manera firme y segura, sin imponer pero sin retirarse.
Uno de los desafíos más frecuentes aparece cuando los padres intentan corregir su propia historia. Quienes crecieron con modelos muy autoritarios suelen caer en el extremo inverso: una crianza demasiado permisiva, casi sin límites, donde se confunden los roles y se busca ser "amigo" antes que referente. Ese vacío deja al adolescente desamparado, justo en el momento de mayor vulnerabilidad. Acompañar no implica ser pareja del hijo, sino sostener la función adulta que marca un marco, brinda orientación y permite que el joven explore sin quedar a la deriva.
A esto se suma una dificultad que atraviesa a todas las familias: la tecnología. Padres que no se criaron en la era digital deben orientar a adolescentes que nacieron dentro de ella. La sobreinformación y la presencia constante de influencers, streamers o tiktokers que opinan sobre crianza generan confusión y borran la singularidad de cada familia. Muchos adultos quedan atrapados entre consultar a profesionales o guiarse por voces sin formación que dan recetas rápidas. Educar hoy implica también filtrar información, construir criterio y asumir que los adultos deben volver a aprender para acompañar mejor.
En este escenario, las instituciones cumplen un rol que no puede minimizarse. La escuela ya no es la única fuente de saber, pero sí sigue siendo un espacio fundamental de humanización. Allí el adolescente aprende a estar con otros, a respetar, a registrar afectos que no se reducen al propio deseo. Muchas veces un docente llega a ocupar un lugar de sostén que la familia no logra ofrecer; no porque reemplace al hogar, sino porque el adolescente encuentra allí un modelo confiable. Lejos de ver esto como un problema, deberíamos valorarlo como parte del entramado que permite que los jóvenes no queden solos.
Acompañar, en definitiva, es aceptar que no vamos a entender todo. Es tolerar los silencios, las distancias y las rebeldías como parte natural del proceso, no como un rechazo personal. Es permanecer cuando todo invita a retirarse, escuchar cuando cuesta, confiar cuando aparecen dudas. Es recordar que la frustración forma parte de la vida y que más que evitarla debemos preparar a los adolescentes para transitarla. Ellos cambian, y nosotros también. La clave está en caminar a la par, sin perder el lugar adulto que sostiene, protege y orienta.
En medio de un mundo acelerado, hiperconectado y muchas veces individualista, la presencia genuina de un adulto puede convertirse en la brújula más valiosa que un adolescente tenga a mano. Acompañar es, quizás, el acto más simple y más profundo que podemos ofrecerles.
fm los angeles

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